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Dios nos llama a todos a la Santidad. Pero parece que algunos de nosotros tardamos un poco más en escuchar su llamada. En 1990, mi curiosidad me llevó a una librería Católica cercana a mi casa en Denver, Colorado. Yo tenía 39 años. Fue allí donde encontré por primera vez a los propietarios y fervientes Católicos, Howard y su amante esposa, Mary Ann. Howard había intuido con acierto, que a mí me interesaban los libros. Yo estaba hojeando uno de Etienne Wilson titulado “Dios y la Filosofía”, entre muchos de una estantería a la entrada de la tienda. “¿Así que le gusta la filosofía?”, me preguntó. Yo le respondí: “Estudié algo en la universidad, pero sobre todo los modernos. Yo no sabía que era Católico”, -admití-. “Se dará cuenta de que la mayoría de los mejores pensadores lo son, me dijo Howard. Y se alejó hacia el fondo dejándome reflexionar sobre estos descubrimientos. Pasé casi una hora mirando todos los libros de los pasillos de los que había oído hablar vagamente, pero no siendo Católico, no conocía nada al respecto. De hecho yo era un recién convertido a la ‘Iglesia Cristiana Evangélica’, y en los últimos tres años más o menos, había leído todo lo que había podido encontrar sobre todos los temas relacionados con la Cristiandad. Ahora recuerdo que me intrigaban mucho los distintos libros que vi en la tienda, vidas de santos, espiritualidad, teología, y por supuesto, filosofía. Compré un libro de Hans Urs Von Baltasar titulado “La Oración”. Había vivido durante los últimos 20 años de mi vida sin Dios, y me estaba debatiendo un poco con este asunto de la oración. Yo buscaba respuestas, ¡y este Católico había escrito el libro más extraordinario sobre ello! Por supuesto al principio no entendí muy bien lo que él decía, pero había algo en su forma de pensar sobre las cosas, que me impresionó. Él tenía “algo diferente”, algo más que los autores protestantes que yo había leído. Cuando terminé de hacer mi primera compra en la librería del “Sagrado Corazón”, el señor Clampitt me dio las gracias por mi compra y con una sonrisa, me regaló el libro de Wilson. Mi visita a esta librería y el haber conocido a esta piadosa pareja habría de cambiar el curso de mi vida entera. Marcó el principio de mi vocación, de una vida en Dios. En aquel tiempo yo vivía en Denver y en Hawai, y era piloto de las líneas aéreas “Continental Airlines”. Viajaba por todo el mundo, “dándome la buena vida” como algunos pensarán. Pero antes de que encontrara el bienestar en la Paz de Cristo Nuestro Señor, yo era, interiormente, un joven muy desgraciado. Influenciado por la moderna cultura hedonista, “haciendo lo que me apetecía” y dedicándome a todo tipo de actividades con total autoindulgencia, me había quedado vacío y solitario. Desde muy joven había tomado drogas; después, la dependencia del alcohol calmaba esta soledad. Todo lo que probaba, o tenía en propiedad, me dejaba, analizándolo bien, cada vez más insatisfecho. Todo el tiempo me aferraba fuertemente a una falsa imagen que yo me había formado de mí mismo: “una persona de éxito, popular, con confianza en mí mismo, y autosuficiente. Nadie era sabio, mas que yo”. En momentos de desesperación, empezaba a divisar una más profunda necesidad en mi alma, una necesidad espiritual, una necesidad que no puede ser satisfecha por nada de este mundo creado. El Único que es más que una idea, el Dios que está verdaderamente presente, me estaba llamando por medio de las circunstancias de mi vida, y por primera vez en mi vida, yo estaba empezando a escuchar. Decidí acabar con el peor de los vicios al que me había acostumbrado. Abandoné todas los falsos ideales y creencias que pude identificar (todos eran sospechosos), rechazando por primera vez, algunas de las ideas tontas y filosofías que habían sido el origen de dicha infelicidad. Empezó entonces para mí, un periodo de formación espiritual e intelectual, con mi entrada en la Santa Fe Católica de la mano de los Campitts. Pronto descubrí los dones de ‘Conocimiento’ y ‘Sabiduría’ que Dios había dado a Howard. Aunque no formalmente instruido, su pensamiento, su interior y su conocimiento de la Filosofía y Teología Cristianas, eran el fruto de su gran amor a la Fe la lectura de Santo Tomás y otros, Oración sobre la Sagrada Escritura, su profundización en la vida sacramental y las pías tradiciones de la Fe Católica. Como frecuente invitado de su casa, pude observar su vida santa. Mary Ann perseveraba en sus obligaciones como madre y esposa, a pesar de su mala vista que se iba deteriorando cada vez más debido a un avanzado estado de diabetes, que finalmente acabaría con su vida. Sin embargo, y a pesar de todo ello, encontraba la manera de mecanografiar una carta a su Obispo, pidiéndole que se perseverase en la Adoración Eucarística en las parroquias. Como había sido organista de Iglesia, ella tocaba himno tras himno, desde el “Ave Verum Corpus”, mientras Howard y yo cantábamos. Su amor no tenía en cuenta su dolor ni su esfuerzo. Nunca olvidaré su ejemplo como modelo de verdadero matrimonio católico. Que el Buen Dios los recompense generosamente en el Cielo. Aprendí que el Santísimo Sacramento del Altar, el Sacrificio de la Misa, eran el centro de la Religión auténtica. Por medio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor, y Hecho Presente en la Santa Misa, rendimos a Dios el Culto que le es debido, re-estableciendo el verdadero orden entre Creador y criatura. Nuestro Señor había venido a restaurar todas las cosas y a salvar lo que se había perdido con la caída de Adán y Eva. Supe entonces que esto era todo lo que yo necesitaba para hacerme Católico y abrazar la plenitud de la verdad que yo había estado buscando. ¿Acaso no es esto lo que todos buscamos? Todos los hombres te buscan, Señor”. En este punto me pasaba horas enteras leyendo, cuando no tenía que pilotar aviones, y reemplazando todos mis libros protestantes por mis nuevos libros Católicos. Se abrieron para mí nuevos horizontes que ni siquiera sabía que existiesen. Respuestas a mis preguntas sobre Nuestro Señor Jesucristo, Su Misión, la Providencia de Dios, el papel de la Iglesia y de los Santos en la Historia de la Salvación. Todo lo que antes me había quedaba sin respuesta, empezó a colocarse en su sitio para mí. Con ello vinieron las otras verdades a su tiempo. La Historia que yo había estudiado en la escuela, por ejemplo, había sido incompleta y de acuerdo a una comprensión (o entendimiento) secularizada. Empecé a ver las cosas con una mente “Católica” a medida que iba haciendo nuevos descubrimientos, y conocí una nueva manera de mirar al mundo. Como “Nuevo” Cristiano adulto, me habían molestado mucho las numerosas discrepancias teológicas entre las muchas denominaciones Protestantes, según sus diversas interpretaciones de la Biblia. ¿Acaso Dios iba a engañarnos? ¿Es que no iba a establecer Él los medios de transmitir fielmente lo que Él nos había revelado por medio de Su Hijo? “Todos no pueden tener razón”, pensaba yo. “Y el contenido de la Verdad Revelada y transmitida por Dios tenía que ser necesariamente objetiva, y no una cuestión opinión. Estas afirmaciones eran lógicas, pienso, y para mí encontraron su respuesta inesperada en la forma de la Fe Católica Di un paso más en mi aceptación de la Iglesia Católica, mientras estudiaba sus enseñanzas acerca de la contracepción artificial. Poco después de mi introducción en el Catolicismo, yo estaba experimentando algunos de los estigmas sociales hacia las cosas católicas, que la tradición protestante había mantenido invariablemente, en mayor o menor medida. Me preguntaba, “¿Por Qué enseñan esto?” Y yo también sabía lo siguiente: “No puedo ser católico si no estoy de acuerdo con esto” Estos pensamientos me condujeron al descubrimiento de las sublimes enseñanzas de la Iglesia sobre la sexualidad humana. La enseñanza de la Iglesia sobre el amor, la sexualidad y el matrimonio está fundada sobre la Ley natural. Dios es el Creador, el Autor de la naturaleza humana, y conoce toda la verdad sobre la humanidad. Cuando leí los escritos de Juan Pablo II sobre la “teología del cuerpo”, y sus reflexiones sobre el libro del Génesis, me quedé estupefacto. Había profundas razones metafísicas, para pensar que esta enseñanza de la Iglesia no era una ley impuesta arbitrariamente a los hombres y mujeres por una institución patriarcal construida por hombres, sino la expresión de una verdad-realidad substancial revelada y transmitida, enseñada siempre y en todas partes, ¡y que era anterior a la fundación de la Iglesia! Me llevé otra sorpresa cuando descubrí que esta enseñanza había sido universalmente sostenida hasta 1930, tanto por protestantes como por católicos, (que la contracepción artificial era un mal moral intrínseco). Los Anglicanos habían justificado la primera excepción a esta práctica, dentro del matrimonio, en la Conferencia de Lambeth, y entonces, con la invención de la píldora anticonceptiva en los años cincuenta, las puertas se abrieron de par en par. En la biblioteca del Seminario de Santo Tomás de la Diócesis de Denver, yo continuaría aprendiendo, para mí mismo, el papel de la planificación familiar, y supe que la Fundación Rockefeller promovía el control de la población y que su meta era “la de eliminar a los pobres y a los incapacitados”. No hace falta decir lo incómodo que me sentí por haber sido protestante durante todos esos años, y de haber defendido y pertenecido al “lado oscuro, injusto y equivocado de la historia” Según iba procesando estas nuevas verdades, me imaginaba que la Fe era el regalo que Dios me hacía: el regalo de parte de Dios a su hijo pródigo! Me encontré con una afirmación hecha por Su Santidad Juan Pablo II, y sintiéndome muy estimulado por ella, y que provenía de “Dignitatis Humanae 2, y el nº 2467 del Catecismo:” “El hombre, por naturaleza, tiende a la ‘Verdad’. Está obligado a honrarla y sostenerla: De acuerdo con su dignidad, todos los hombres, por el hecho de ser personas, están tanto impulsados por su naturaleza como involucrados por una obligación moral, a buscar la ‘Verdad’, especialmente la ‘Verdad Religiosa’. Están también obligados a adherirse a la ‘Verdad’ una vez que la hayan conocido, y a dirigir totalmente sus vidas de acuerdo con las exigencias de la Verdad” Estas palabras desde el Corazón de la Iglesia parecían estar dirigidas especialmente a mí en este momento de mi vida. Me sentía al mismo tiempo atraído y conducido hacia una vida consagrada a Dios, y guiada por el seguimiento de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Esta atracción se manifestó en mí, primero como un deseo por mi parte de hacer reparación, de algún modo, por los muchos pecados de mi vida. Mediante la elección de vivir mi vida del modo en que Dios quiere que la viva, por la obediencia a Su Voluntad, puedo hacer lo que Dios me manda para cambiar este mundo miserable en un mundo más justo y, -Dios mediante-, salvar almas. ¿Acaso no sabe Él la mejor manera de llevar esto a cabo? ¿Acaso no nos quiere y desea nuestra felicidad? “Yo sé que todo lo puedes, que eres capaz de cualquier proyecto” (Job 42:2) Tres años después de haber sido recibido en la Iglesia Católica, Scott Ferrier entró en la Comunidad masculina de Miles Jesu “Domus Commutity” en la ciudad de Chicago. Él es además Capitán de vuelo de una gran Compañía aérea. |
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