![]() |
![]() |
![]() |
|
![]() |
![]() |
||
|
|
“Cuando en el año 2004 me enviaron a San Petersburgo, Rusia, para ayudar a rescatar de la calle a niños abandonados, supe que esta próxima Misión iba a ser la más estimulante y exigente hasta entonces. En el corazón de la ciudad sobreviven 15.000 chicos y chicas sin techo de entre 9 y 19 años; unos, escapados y otros, huérfanos. Se esconden en los áticos y en los sótanos de viejas casas y pisos abandonados en las afueras de la ciudad, sin agua corriente, ni electricidad, ni servicios, ni calefacción. Pero sobre todo, estos menores viven sin nadie que los quiera. Son una fuerte protesta del Cristo sufriente del siglo XXI. Mi nombre es Andrej Malik. Escribo esto para compartir con vosotros la historia de cómo me hice Misionero de Miles Jesu para llevar la esperanza a miles de personas que sufren y pasan necesidad. Nací en Eslovaquiia en 1972, en pleno apogeo del comunismo. Mis padres eran profesores y yo era el mayor de tres hijos. A pesar de la poderosa influencia de una sociedad atea, el Buen Dios me concedió el maravilloso regalo de la Fe Católica. Algunas veces me ponían al corriente de los secretos mejor guardados de mis abuelos y de mis padres en relación con los crímenes de los comunistas, tales como cerrar Monasterios, encerrar a miembros de Órdenes Religiosas en los campos de concentración y en las prisiones, tortura y asesinato de Sacerdotes, y persecución de laicos activos. Este descubrimiento de los hechos de una sociedad impía me provocaban una profunda depresión. Para mi Primera Comunión tuve que hacerla en secreto, o de lo contrario mis padres habrían perdido sus respectivos trabajos. Más adelante, para la Confirmación, fui a una región diferente del país, en donde la gente no conocía a mi familia. Gracias a Dios que la fuerte presión de la sociedad comunista, así como las tentaciones de la juventud, no destruyeron mi Fe. Cuando tenía 17 años, la idea de ser Sacerdote me pasó por la cabeza. Vi que el sistema comunista hizo mucho daño a la Iglesia y a la sociedad. Los jóvenes que querían vivir una vida consagrada, sólo podían hacerlo en secreto. Los comunistas estaban seleccionando a los que podrían estudiar para el Sacerdocio. Había una gran necesidad de Sacerdotes después del establecimiento de la democracia en 1989. Aunque sentí una fuerte llamada de Nuestro Señor a seguirle, no lo hice. No estaba abierto a aceptar el celibato y me sentía atraído por la idea de casarme. Decidí que cuando acabara la Escuela Secundaria, empezaría a estudiar medicina. Confieso que la llamada del Señor me acompañó durante todos mis estudios universitarios, pero los primeros tres años yo no quería admitirlo, ni pensar sobre ello. Quería reprimir estos pensamientos, y a causa de ello, a menudo me deprimía. Sólo más adelante empecé a aceptar que tenía que afrontar la verdad y hacer la Voluntad de Dios. Empecé a buscar la manera de cumplir la Voluntad de Dios en mi vida. Yo sabía que tenía que entregarle mi vida a Dios, pero no sabía cómo hacerlo. Intenté averiguar si Nuestro Señor quería que yo me uniera a una Orden Religiosa, como la de los Franciscanos, a los “Hermanos Norbertinos”, o a los Hermanos Hospitalarios, pero nunca estaba seguro de que ésa fuese mi vocación. Así que los dos últimos años de mis estudios universitarios estuve intentando discernirlo, pero no lo logré. Después de licenciarme en la Universidad, empecé a trabajar como médico en un hospital. Diariamente tenía que ocuparme de entre 15 y 20 pacientes, y de 6 a 8 veces al mes tenía una guardia de toda la noche. Atendiendo y tratando a los pacientes, y enfrentándome a menudo con la muerte, comprendí la fragilidad de la vida y la felicidad humanas. Frecuentemente presencié, con gran preocupación por mi parte que, muchas veces, había jóvenes que tenían que sufrir sin comprender el significado de ese dolor en sus vidas. Vi como muchos morían sin esperanza por la Vida Eterna. Así que yo invitaba a mis pacientes a la Fe y a la Oración siempre que era posible, y si necesitaban recibir los Santos Sacramentos, llamaba a un sacerdote. Mientras trabajé en el hospital, pasaron casi cuatro años, hice el examen de especialización médica, y todavía no sabía cuál era mi vocación. No era feliz. Pero al final Dios me concedió la Gracia de asistir a un buen seminario sobre cómo discernir la propia vocación. Estaba organizado por un grupo de jóvenes profesionales consagrados a Dios. Ellos eran miembros de Miles Jesu, un Instituto Católico Internacional con sede en Roma. Me cautivó su entusiasmo por Cristo, su fidelidad a las Enseñanzas Oficiales de la Iglesia Católica, su espíritu alegre y su carisma de la consagración de su vida a Dios, cada uno en su propia profesión. Uno de los miembros de Miles Jesu era un médico joven. Me dijo que uno de los apostolados de Miles Jesu consistía en una Misión Médica (llamada Misiones Médicas de la Epifanía Misiones Médicas de la Epifanía: Epiphany Medical Missions) para las personas más pobres de Ucrania, Nigeria y la India. Me sentí muy estimulado por los miembros de Miles Jesu, y para mi sorpresa descubrí que uno de mis mejores amigos de la universidad, que también era un joven médico como yo, estaba planeando unirse a este Instituto Católico. Reflexionando sobre mi vida pasada, los signos que Dios me había dado, y teniendo la profunda convicción de que yo tenía que entregarle mi vida a Dios, me di cuenta de que probablemente ésta era la manera en que Jesús me estaba llamando a seguirle. En Miles Jesu yo podía entregar mi vida completamente a Dios y continuar trabajando como médico. Después de intensas oraciones y de hacer un Retiro de San Ignacio, me convencí más aún de que Dios quería que yo le consagrase mi vida en Miles Jesu. Pude ver que estas Misiones Médicas de la Epifanía se estaban esforzando en proporcionar buenos médicos para los necesitados, basados en los principios Católicos, y yo podía hacer mucho bien allí. Así que decidí dejar mi trabajo, mi familia y amigos y seguir a Nuestro Señor en Miles Jesu. Al principio tenía miedo de hacerlo porque no era fácil y sí doloroso, pero confié en Jesús y Él me dio el coraje y todas las Gracias que necesitaba para responder a Su Llamada. Alabado sea Dios por elegirme para pertenecerle completamente a Él y para ser el hijo del Inmaculado Corazón de María. Ahora estoy trabajando como médico misionero, ayudando a muchas personas necesitadas de todo el mundo. La vida consagrada a Dios me da verdadera libertad interior, alegría y felicidad, ya que ¡recibo muchas Bendiciones y Gracias cada día! ¡Y ya no me he vuelto a deprimir¡. Al contrario, me siento feliz porque sé que estoy siguiendo a Jesús y disfrutando de una íntima amistad con Él. |
||